Volar en tiempos de pandemia

Volar a destinos lejanos ha sido una parte de mi vida profesional por décadas. En esta ocasión, sin embargo, subir a un avión por primera vez desde hace casi un año, y viajar hasta otro país, se siente como un trayecto exótico y peligroso. La novedad de encontrarse por primera vez en una ventanilla, y poder ver cómo las alas de la aeronave rascan la superficie de las nubes al ir maniobrando un ascenso con una vuelta, parece como una pirueta de un osado piloto exhibiendo sus habilidades. La hazaña de subir un armatoste de metal por arriba de las nubes, un hecho inusitado. Y la posibilidad de estar como pasajero en esa máquina maravillosa una osadía y al mismo tiempo un hecho maravilloso. Desde antes de subir al avión tuve esa sensación de niño: del cosquilleo en el estómago cuando uno está a punto de iniciar o embarcarse en algo desconocido y un poco intimidante.

El peligro no es volar. Es algo más intimidante, que los seres humanos conocemos desde nuestros orígenes más lejanos. Enfermar. Aunque en realidad el riesgo de enfermarse de COVID-19 ha venido disminuyendo conforme la curva epidémica ha ido descendiendo y una fracción creciente de quienes nos rodean en los espacios enclaustrados de un aeropuerto o la cabina del avión están ya vacunados. Además, después de tantos meses de usar cubrebocas, el nuevo aspecto de caras cubiertas con un paño no parecía molestarle a nadie.

Claro que sigue habiendo quien usa la mascarilla como un calzón flojo, dejando ver sus narices y por lo tanto derrotando de entrada el propósito de la medida no médica de contención de la enfermedad. Y hay diferencias entre los pasajeros que me parecieron notables: los pasajeros viajando en clase de negocios, casi todos, llevaban KN95. Esto les ofrece una protección mayor sobre la carga viral que posiblemente llevamos a bordo. En un contexto donde los primeros en ser vacunados van perdiendo inmunidad paulatinamente, la precaución es muy necesaria. Mientras que los de clase turista usan en su mayoría los cubrebocas de tela, alguno que otro con máscara quirúrgica, y solamente algunos cuantos, como yo, una máscara KN95, que filtra la mayor parte del virus. La asistente de vuelo (que creo ya no se debe decir aeromoza o azafata, pero no puedo evitar pensar en las palabras que están impresas en mi memoria desde mi niñez) nos repite una y otra vez que las regulaciones federales son las que establecen que no podemos viajar sin cubreboca.

Les tengo que compartir algo sobre la personalidad de la asistente de vuelo que hacia los anuncios en castellano. Su voz melódica, y de un porte distinguido. No estoy seguro del acento, probablemente sudamericano, pero en realidad hablaba con un acento “neutro”, profesional, como de una locutora leyendo las noticias en la televisión. Su dicción, estupenda, sin tragarse ninguna vocal ni consonante. Y su voz reflejaba una conciencia del papel estelar que tenía como representante de nuestro idioma frente al mundo. La teatralidad de cada palabra que pronunciaba no dejaba de sorprenderme, aunque el script que estaba repitiendo lo conozco de sobra. Las mismas frases que se repiten en todo vuelo, en su voz, sonaban inéditas, nunca antes verbalizadas.

Claudia Ramírez en “Solo con tu Pareja” 1991

Y de vez en cuanto, como para asegurarse que estuviéramos prestando atención, le agregaba o modificaba algún pequeño detalle, como para revelar su dominio, como mi profesora de literatura de la preparatoria, de la lengua de Cervantes. El capitán se convirtió en comandante. El avión era simplemente la nave. No pude dejar de saborearme un gusto de sal y evocar en mi imaginación que podríamos haber estado no a 12 mil pies de altura, sino en el mar, moviéndonos lentamente en un barco de velas con el sol y el viento acariciando nuestras caras. En algún momento, anunció los requisitos de migración para entrar a México para los extranjeros, y no se limitó a usar una categoría genérica del “otro”. Empezó a listarnos por nuestras naciones nominales: argentinos, chilenos, paraguayos, ecuatorianos, uruguayos, … Por un momento pensé que recorrería todo el continente de memoria, pero en algún momento paro y dijo algo así como “y los otros países que ustedes saben”. No se cuál de las asistentes es la de la voz dulce y melódica, cualquiera de esas mujeres de porte fuerte y sólido podría serlo.

Pero regresando al riesgo. Algunas de nuestras conductas más cotidianas, como entrar a una tienda para comprar un dulce o pedir un café en un negocio, se han vuelto riesgosas. Por esto tenemos que usar precauciones mayores en todos entornos los entornos cerrados. Nos hemos vuelto calculadores riesgos. Viajar, en particular, se había convertido en una actividad vedada o por lo menos que sólo podía justificarse en condiciones extraordinarias. Pero hay que recordar que volar es extraordinario. Me parece un regalo hermoso poder mirar el cielo y la tierra desde la ventanilla de mi asiento con el asombro de niño.

Antes de subir al avión descubrí otra maravilla en el aeropuerto. Tenía que hacer una llamada telfónica, y me pareció más razonable hacerlo fuera del edificio de la terminal. Al final de la terminal internacional de San Francisco hay una escultura roja, la he visto en incontables ocasiones al llegar al aeropuerto, pero nunca la había mirado con atención. Me acerque al objeto de metal que apuntaba hacia el cielo, como dos personajes, me gustaría pensar que son un hombre y una mujer, bailando, pero alargados como una figura geométrica hacia el cielo. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que el escultor no es otro que Rufino Tamayo. La obra se llama “La conquista del Espacio”. Fue comisionada en 1983, cuando el artista tenía ¡83 años! En esa avanzada edad es donde, al principio de la pandemia, un contagio era una condena de muerte.

Es la edad de mi padre y mi madre, y me gustaría pensar que ellos pueden gozar de una vida larga en que puedan seguir activos y creativos, como Tamayo. El arte en el aeropuerto de San Francisco siempre ha sido un placer notable antes de viajar, la preparación para el trayecto esperado. Las exhibiciones temporales son estupendas, con temas y conceptos siempre novedosos. Recuerdo en particular una de textiles indígenas de México (y creo que también Guatemala); otra sobre radios y aparatos de reproducción de música antiguos; otra de huevos de Fabergé; hubo una de zapatos y pantuflas en el mundo, y otra de rock and roll, y otras que ahora son solo un nebuloso recuerdo.

Pero a veces las obras de arte que están permanentemente en exhibición son las que más nos eluden. Por estar ahí siempre dejamos de verlas y sorprendernos. El piso de llegadas de esa misma terminal tiene un mapa estupendo, por cierto, otra pieza artística que describe el mundo que podemos recorrer por transporte aéreo, con unos medallones que representan los croquis de aproximación de los aterrizajes y despegues en cada aeropuerto conectado con San Francisco. Es una red, a nuestros pies, de destinos conectados.

On the Air (2000) fragmento - Lewis Desoto

La pandemia nos recuerda siempre nuestra conexión más íntima, nuestra humanidad y nuestra vulnerabilidad compartida. Nos vamos a acostumbrar a vivir con un virus SARS-CoV-2 y sus variantes por los próximos años. Tomaremos medidas razonables para cuidarnos. Pero continuaremos viajando, conoceremos nuevas tierras, buscaremos otros horizontes. Pero ojalá (inshala) la experiencia de esta pandemia, con tanto dolor y privaciones que significó para todas y todos, nos haya dejado una lección: aprender a volver a mirar con asombro y emoción el mundo maravilloso y sorprendente que nos rodea. Afrontar nuestras inseguridades sabiendo que cada experiencia, cada persona con la que nos cruzamos, cada objeto hecho por los seres humanos que nos rodean, es un regalo. Con todo, me reconforta que este avión ahora lo siento como un espacio seguro.

Mexicano orgulloso, migrante renuente. Economista ITAM y Politólogo Duke. Senior Fellow en CDDRL y Director Centro Estudios Latinoamericanos Stanford University

Mexicano orgulloso, migrante renuente. Economista ITAM y Politólogo Duke. Senior Fellow en CDDRL y Director Centro Estudios Latinoamericanos Stanford University