Turismo y Colonialismo

Alberto Diaz-Cayeros
12 min readMar 15, 2022

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Para cualquier observador con un poco de sensibilidad resulta claro que el desarrollo turístico típico de las islas del Caribe exhibe algunos de los peores rasgos del capitalismo moderno combinado con la insensibilidad cultural asociado estereotípicamente con los viajeros provenientes de Estados Unidos: un enorme crucero arribando a un puerto, permite a los huéspedes de este hotel flotante gozar por unas horas de una experiencia supuestamente exótica y auténtica en el puerto de arribo, pero sin retarlos en lo más mínimo, nunca fuera de sus espacios de confort personal o cultural; o un gigantesco hotel tipo resort con cientos de habitaciones, en una playa impecable, con todos los servicios incluidos, para satisfacer cualquier capricho, pues lo importante es que, en el fondo, el turista no se salga de su espacio cultural y social ya conocido. Se pueden agregar toques locales, como la marca del ron en las bebidas preparadas, un espectáculo de música y danza tradicional, o alguna adaptación al menú “internacional” del restaurante que en la mayor parte del Caribe, significa comida acorde con los gustos culinarios convencionales estadounidenses.

La experiencia es profundamente colonial y colonizante. El forastero llega desde una posición asimétrica de poder, que hoy en día es producto del poder adquisitivo de sus dólares (o euros), ya no de la otrora superioridad militar en el proceso de expansión imperial del colonialismo. El turista exige que se le ofrezca un trato de excelencia en el servicio, donde todos los detalles de su estancia turística tienen que ser placenteros y acordes a sus expectativas. Las grandes cadenas hoteleras han perfeccionado sus procesos organizacionales para que la estancia se adapte al turista, en lugar de que el extranjero se adapte al país al que ha llegado. Esta es la diferencia fundamental, a mi modo de ver, respecto a un turismo no colonizante. Cuando un extranjero llega a tomar un café en Italia, por ejemplo, el barista no adapta su receta de café exprés a los gustos culinarios del extraño: el turista es el que tiene que aprender a comer y beber como un italiano. O como un español, francés, o japonés. La experiencia de una cultura muchas veces empieza con la singularidad de la comida, pero en un turismo de enclave, como el que se observa en Basseterre, Kingston o Castries en el Caribe, la cultura local se doblega ante el turista.

En mi reciente visita como turista a una isla, esta vez no en el Caribe, sino en el Pacífico, me encontré con la expresión más espantosa y francamente perturbadora del fenómeno del turismo de enclave. Estábamos visitando la Isla Grande de Hawaii, y decidimos cenar en un restaurante de una cadena de hoteles bien conocida. Error mayúsculo, pero una oportunidad para presenciar algo que yo no hubiera pensado era siquiera posible. El hotel ocupa la totalidad de una laguna de mar, que fue transformada hasta convertirse en un espacio completamente artificial, en donde se presentan espectáculos de delfines amaestrados. El hotel tiene un “museo” que consiste en un larguísimo pasillo, en donde se exhiben extraordinarias piezas asiáticas del siglo XIX: Budas de piedra, tallas de madera, muebles laqueados, campanas de bronce, de verdad una colección de arte sorprendente. Y todo esto se une con un tren que mueve a las personas de un extremo al otro del conjunto.

Ese hotel tiene cientos -no, en realidad más de mil- habitaciones, y está rodeado por condominios y un campo de golf. Todo esto en un paraje que seguramente era una de las bellezas naturales más notables de las islas del Pacífico. Hawaii, cabe aclarar, es un territorio en el cual la experiencia colonialista fue muy particular, distinta de los procesos experimentados por las islas naciones del Caribe. Pero en ese espacio me encontré con la expresión máxima que he visto del colonialismo turístico. El que alguien haya tenido siquiera el atrevimiento de imaginar un espacio como este me pareció inaudito. Pero todavía más inverosímil que alguien lo haya construido, y que miles, o cientos de miles de turistas se queden en este lugar a dormir, comer, beber y jugar, cuando visitan la isla.

Confieso que cuando llegué al restaurante no estaba seguro si había que indignarse, llorar o mejor simplemente huir corriendo de un lugar así. La única calidad que redimió la experiencia de cenar ahí fue conversar con la mesera, una mujer originaria hawaiana que vive en Waimea, al Norte, que nos platicó sobre su granja en el valle de Waipi’o. Nos contó que en su granja su familia conserva campos donde siembran taro, la leguminosa que constituye la base de la dieta de los hawaianos originarios. Nos mostró fotografías de quince nietos, jugando en el río alegres, y nos explicó que los sembradíos de taro son muy divertidos para los niños porque se inunda la parcela, y se vuelve todo un lodazal enorme. También nos dijo que el tiempo de la pandemia fue muy duro para ella, pues toda su familia sufrió por la falta de ingresos. Ahora ella está económicamente mejor, pero trabaja hasta las 10 de la noche en el restaurante del hotel (cabe mencionar que la mayor parte de los restaurantes de dueños locales cierran a las 7, que fue la razón por la que acabamos en ese lugar). Al final de su jornada tardará unos 40 minutos para regresar a casa, pero por lo menos, nos dijo, ella sabe que el domingo estará con toda su familia disfrutando de la playa.

Entre los estados integrantes de Estados Unidos, Hawaii fue el mejor en el manejo de la pandemia. El estado ha sufrido casi 1,400 muertes, con una tasa de 96 por cada 100 mil habitantes, la más baja del país (similar a países como Cuba o Canadá). Pero la interrupción del turismo significó un enorme sufrimiento económico. No obstante la dependencia de las islas en los ingresos del turismo, el gobernador decidió, desde el principio, que sólo se permitiría la entrada a personas que hicieran cuarentena o demostraran tener resultados de pruebas negativas. Ahora que existen la vacunas se tiene que demostrar el haberse vacunado. Esto en un país donde los voceros anti-cubrebocas y anti-vacunas hablan estridentemente de cómo estas medidas restringen sus “derechos fundamentales”. Hawaii cuenta con un sofisticado sistema de seguimiento de contactos, y mantiene la guardia en alto, incluso ahora que las restricciones se han ido relajando.

Esto me parece contrasta de forma tan reveladora con el tratamiento de la pandemia en las islas caribeñas o en los destinos turísticos de México. Por supuesto que Hawaii es un espacio más rico en términos del PIB per capita, y tiene la ventaja de poder recibir apoyos compensatorios del gobierno federal de la unión a la que pertenece. Pero su precaución con respecto a la pandemia me parece que probablemente obedece a las raíces más profundas en la manera que los hawaianos han afrontado epidemias en su historia no tan remota. Y a que, no obstante su historia como un territorio arrebatado por la codicia y el imperialismo estadounidenses, Hawaii no fue en realidad una colonia.

Las islas fueron “descubiertas” por europeos desde que marineros españoles naufragaron, probablemente en 1555. En el Atlas de Ortelius de 1581 las islas ya aparecen claramente identificadas como “La Farfana” y “Los Bolcanes”. Sin embargo, los españoles no tuvieron mayor interés por esta ruta en el Pacífico, y fue hasta los viajes del Capitán Cook en que se estableció un contacto regular de Hawaii con los europeos. Es importante recordar que si bien las crónicas dicen que Cook fue recibido al principio como una deidad, después de poco tiempo los habitantes originarios corrigieron su error, y mataron al famoso capitán.

Hawaii entra en contacto en el mundo europeo como una nación soberana, lidereada por el rey Kamehameha I, quien de hecho había logrado, sólo unas décadas antes, derrotar a los jefes rivales y la consolidación de todas las islas bajo un solo reino. La familia real controlaba la tierra, en una sociedad culturalmente polinesia, altamente estratificada, pero no colonizada. En esas primeras décadas se establece un comercio muy redituable con Asia, explotando las maderas de sus bosques (sándalo), y más tarde comercio de azúcar con los californianos, durante la fiebre del oro. El apetito de los imperialistas estadounidense por las tierras hawaianas inicia justamente cuando los comerciantes empiezan a imaginar las posibilidades de utilizar el poderío militar estadounidense para expandir oportunidades de negocios dentro de un régimen colonial e imperialista, análogo a la captura unos años después de Cuba o Puerto Rico en el Caribe.

Pero tenemos que regresar al tema del contacto relativamente tardío de los hawaianos con las redes de intercambio global. Las enfermedades que portaban los europeos llegaron relativamente tarde a Hawaii. Pero esto también significó que sus estragos están presentes en la memoria reciente de los supervivientes. Las paperas traídas por la fiebre del oro de California en 1848, decimaron a la población, aunque no se sabe qué proporción murió. Pero sabemos con alguna precisión que la mortalidad de la epidemia de viruela de 1853 fue devastadora, con miles de muertes documentadas, y una pérdida de alrededor del 15 por ciento de la población de las islas. Pero la respuesta de política pública del soberano independiente del reino en las siguientes olas epidémicas fue contundente. Parece ser que las medidas sanitarias adoptadas en 1872 y en 1881 lograron contener las epidemias, con tan sólo 11 y 282 muertes respectivamente. Las soluciones de salud pública no fueron muy distintas a las prácticas de distanciamiento social que hemos adoptado ahora con el COVID19, pero resultaron ser altamente efectivas en contener los contagios. Sin embargo, la población hawaiana fue sufriendo un declive paulatino durante buena parte del siglo XIX por otras enfermedades, incluyendo influenza y cólera, pasando de 130 mil habitantes en 1832 a tan solo 58 mil en 1878 (las estimaciones al momento de contacto con el capitán Cook varían, pero seguramente las islas tenían más de 300 mil habitantes en ese entonces).

La sociedad hawaiana fue transformada radicalmente por su globalización y por la mortalidad de sus habitantes originarios. Enfermedades, aunadas probablemente a hambrunas y algunos desastres naturales como erupciones volcánicas, hicieron que para el momento en que Estados Unidos se apropia de la isla, terminando el reinado de la Reina Liliuokalani en 1893, los pobladores étnicamente hawaianos originarios ya no eran la mayoría. El censo de 1896 muestra que 39 mil habitantes eran hawaianos (incluyendo 8 mil mestizos). A estos se pueden sumar uno 14 mil “extranjeros nacidos en Hawaii” (asiáticos, portugueses y blancos). La actividad económica de las islas atrajo trabajadores, que fueron en su mayoría japoneses (24 mil), chinos (22 mil) y portugueses (15 mil). Los estadounidenses eran apenas 3 mil, en una población total de 109 mil. Pero es de hacer notar que, a diferencia de las islas del Caribe, no hubo en Hawaii un proceso de movimiento forzado de personas de origen africano en condición de esclavitud, aunque si se presenta el fenómeno de sirvientes endeudados asiáticos, que remplazaron, en el área caribeña inglesa, la mano de obra en la industria azucarera. En este caso el reino soberano de Hawaii fue cambiando su composición étnica en forma acelerada como un legado de procesos demográficos análogos a los que se experimentaron en el Caribe 250 años antes, pero sin el tráfico esclavista del Atlántico. Y la nación no experimentó una derrota militar bajo potencias coloniales, aunque eventualmente perdió su independencia, y muchos hawaianos originarios perdieron sus tierras.

Hawaii pudo responder a la pandemia con una mayor prioridad en el imperativo de salvar vidas, a mi modo de ver, porque contaba con una profunda memoria histórica sobre pandemias pasadas. A pesar de la erosión sistemática de las prácticas religiosas, costumbres y formas de vida de sus pueblos originarios, las voces de los hawaianos fueron los suficientemente visibles y fuertes como para que el gobernador remara a contracorriente respecto al resto de Estados Unidos. Esto no ha permitido, sin embargo, que los hawaianos se opongan a las fuerzas del capitalismo de enclave que producen un monstruo como el hotel resort que antes he descrito. La forma de vida de los hawaianos sigue amenazada todo el tiempo por clubs de golf, cruceros, y cadenas hoteleras multinacionales. Pero al descubrir pequeñas pueblos en el distrito de Kohala, lo que fue la zona azucarera en el norte, o granjas de frutas en la región de Pahoa, o las laderas cafetaleras en el bosque mesófilo de montaña de Kona, se puede vislumbrar la posibilidad de un turismo sustentable, basado en pequeños negocios locales, que simultáneamente permita la generación de ingresos, pero la subsistencia de formas de vida que no sean arrasadas por los turistas colonizantes.

Lograr contener las fuerzas del mercado turístico uniformizante, colonizante y de enclave es un reto mayúsculo, que requiere probablemente algo más que una historia de soberanía política y autonomía de pueblos originarios. También se requiere probablemente de cierta fortaleza en la identidad cultural que permite expresar un orgullo especial por ser miembro de una comunidad imaginaria, que no es la nación, pero que está ligada a los primeros habitantes (o cuanto menos a una versión mítica re-inventada quizá, sobre esos habitantes originarios). Esto me quedó claro al visitar, la última mañana de mi viaje, poco después del amanecer, el heiau o recinto sagrado de Mo’okini. El rey Liholiho, en sus esfuerzos modernizadores, eliminó muchas de las restricciones del sistema tradicional de kapu, permitiendo la libertad religiosa, y los templos fueron destruidos y abandonados. Este templo en particular era un luakini heiau, lugar de mayor solemnidad y kapu, en donde en tiempos de guerra se realizaban sacrificios humanos. Los hawaianos de hoy todavía visitan sus lugares sagrados, dejando ofrendas de flores, collares y frutas. Pero estos espacios ya no tienen la prominencia de los templos de lugares donde la religión originaria no se perdió, como en Japón, por ejemplo. Son, más bien, espacios un tanto olvidados por la mayoría de los habitantes locales, pero sobre todo, completamente ausentes de la experiencia turística de los visitantes a la isla.

En un sentido la falta de turistas es una forma de asegurar que estos lugares sagrados sigan teniendo la relevancia que merecen para los miembros de sus pueblos originarios, en lugar de convertirse en museos o ruinas arqueológicas. Pero al no formar parte del circuito turístico, al mismo tiempo se pierde la oportunidad para que los visitantes tengan una apreciación de una cultura y sociedad, distinta de ellos, que los está cobijando y recibiendo. Esto es, en la medida que los turistas pueden ser educados en la dignidad y riqueza de las culturas que visitan, puede imaginarse quizá una mayor posibilidad de que la preferencia de los consumidores por servicios hoteleros y turísticos de enclave podría cambiar. Que las personas quieran tener una experiencia turística más real, auténtica, que implique un ajuste de sus expectativas y comportamientos hacia la sociedad que los acoge.

Escribo estas líneas en el vuelo de regreso a California, pero pensando que México sufre en su industria turística con este mismo dilema. Los adultos jóvenes y adolescentes que llegan a Cancún para el Spring Break no tienen ningún contacto con nuestro país, y menos con los pueblos originarios. Tampoco los visitantes, parejas y familias, que llegan a los grandes desarrollos hoteleros en las otras playas. Una mentalidad colonialista hace que se les busquen ofrecer servicios estandarizados, como si los turistas estuvieran en un hotel en Miami. Y la deferencia a sus gustos de música o gastronomía, sus caprichos y deseos puede llegar a un extremo servil. La prioridad se coloca en dar lo que el turista quiera, no en el imperativo de asegurar una vida digna para las personas que los atienden. ¿Cuántas de las muertes por COVID19 en México fueron consecuencia de un régimen de pruebas que permitía la entrada al país de miles de turistas contagiados, sin requisitos de pruebas o vacunación?

Pero pensándolo a más a largo plazo, el Tren Maya me parece un riesgo mayúsculo. ¿Transformaremos la hermosa península de Yucatán en un Disneylandia, en un megaproyecto, como el engendro hotelero que me tocó presenciar? ¿O habrá todavía alguna esperanza de que se vuelva un proyecto que respete la dignidad de los dueños originarios de las tierras que ultraja?

Para leer más:

A brief history of the Hawaiian people — University of Hawaii …

https://www2.hawaii.edu › ~anu › pdf › Brief_His…

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Alberto Diaz-Cayeros

Mexicano orgulloso, migrante renuente. Economista ITAM y Politólogo Duke. Senior Fellow en CDDRL y Director Centro Estudios Latinoamericanos Stanford University