Memorial Sin Consecuencias

(8 Agosto 2022)

Prodigio

Lo más sorprendente es que un muchacho de clase media, creciendo en diversas ciudades del país en su niñez, acabara en la Ciudad de México (al final adquiriendo una marcada identidad de defeño o chilango) y accediendo a una adolescencia estimulante y llena de oportunidades. Ese es el prodigio. Las ofertas culturales y sensoriales de la Ciudad a principios de los años ochenta eran increíbles. Aunque la verdad sea dicha, probablemente similares a las que se presentaban en las otras urbes cosmopolitas en la Latinoamérica de la época.

Leonora Carrington, El Quijote en la Portada de Siempre! de 1966, año en que nací

Una incipiente escena de música alternativa de creadores nacionales que resistían la dominancia del pop estadounidense. La oferta de museos y espacios públicos de entretenimiento, promovida por un Estado que concebía todavía una obligación de promover y apoyar a los creadores en los diversos ámbitos artísticos, subsidiándose el acceso con precios mínimos, y por lo tanto haciendo la cultura accesible a un joven clasemediero.

El conjunto cultural de la UNAM, con la Sala Nezahualcóyotl (inaugurada el penúltimo día del año de 1976), a la que nos llevaba mi papá desde chicos, y otros espacios de teatro, danza y cine entre los pedregales de Ciudad Universitaria. La Cineteca Nacional, en ese entonces desplazada a un edificio más bien modesto, en la entrada de Coyoacán, después de que se quemó la antigua Cineteca en 1982. Recuerdo grato en particular las tardes de cine diario durante las Muestras Internacionales que nos permitieron a mi hermano, y a mis amigos y amigas de preparatoria, asombrarnos de la obra de Wajda, Herzog, Wenders, los franceses, y por supuesto, aunque un poco más tarde, Tarkovski.

Revisando los carteles y programas, que se pueden consultar en línea (Base de datos de la Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional, desde su primera edición en 1971 a la fecha), tengo casi la seguridad de haber ido a la edición XIII de 1980, lo más probable es que haya sido por incitación de mi hermano. Creo que vimos en un par de semanas Kagemusha (Kurosawa), Ensayo de Orquesta (Fellini), El Resplandor (Kubrick), La Luna (Bertolucci), Jonás (Tanner), De la Vida de las Marionetas (Bergman), Mamá Cumple Cien Años (Saura), Siberiada (Konchalovsky), ¡Imagínense lo que pasa en la mente impresionable de un joven de 14 años si ve estas películas en secuencia, aunque fuera en Netflix! Y no estoy contando en ese año las que no me impresionaron, que fueron las americanas: El Imperio Contraataca, Fama, Gloria, El Show Debe Seguir, Atlantic City. Veo en la cartelera que de ese año dieron, además, una película de Agnieszka Holland y otras de Peter Weir, Istvan Szabo y Woody Allen, que confieso no recuerdo en absoluto.

Akira Kurosawa (1980) Kagemusha

En las librerías Gandhi y Parnaso había eventos culturales y musicales por las noches, además de que se conseguían las ediciones cubanas de libros a precios mínimos, que permitían leer lo mismo a Carpentier que autores marxistas y al Che (Martí la verdad nunca me interesó). Yo creo que en esas editoriales habré tenido mi primera introducción a Marx y a Gramsci, aunque probablemente no los entendí sino hasta la universidad. Mi versión de marxismo en ese momento era más bien la de cualquier joven latinoamericano que había leído a Marta Harnecker. Aunque también recuerdo en esos años la enorme impresión que me hizo El Origen de la Vida de A. Oparin. Cuando se podía gastar un poco más, iba a la librería de Siglo XXI por Copilco, que fue la que me permitió leer al boom latinoamericano. En ese entonces compraba y me devoraba también los Breviarios del Fondo de Cultura Económica, mi introducción a Borges, Fromm, Foucault, Bobbio y Russell. También iba a la Biblioteca Benjamín Franklin, junto a la Zona Rosa, donde podía acceder a literatura en inglés.

A. Oparin, El Origen de la Vida (1924)

Y las largas caminatas por los barrios de una ciudad accesible, a pesar del crimen y la insidiosa contaminación. Muchos recordamos que la inversión térmica no empezó a ser atendida sino hasta que una mañana amanecimos viendo pájaros muertos, regados por las aceras (en febrero de 1987). La ciudad, con sus avenidas, calles y callejones, no obstante el ultraje de los ejes viales, estaba llena de pequeños espacios, plazas, parques y por supuesto las librerías de viejo por descubrir.

Y en esos años del exilio latinoamericano, tengo que mencionar la fortuna de estudiar en una preparatoria que contrató maestros chilenos, argentinos y uruguayos, verdaderos mentores de toda nuestra generación. Jorge Piera y Ana Lía Fernández siempre estarán muy cerca de mi corazón. Fueron verdaderos maestros. Años después tuve otro Gran Maestro en Estados Unidos, mi admirado y querido Bob Bates. Y siempre tuve maravillosas enseñanzas de mis otros profesores de preparatoria: Eliud, Sergio, Miss Pepita, Miss Marcela -hasta Miss Tere, aunque ella nos daba miedo a todos-, y de maestros y maestras cuyos nombres ya no recuerdo, en la clase de redacción (la que me enseñó como corregir mi ortografía con acentos), la de inglés (quien me hizo entender Hamlet y The Catcher in the Rye), el de filosofía (quien me permitió escribir un ensayo final sobre “la inmortalidad del cangrejo”, donde discutía a Schopenhauer y Nietszche), la de biología (en los reportes de laboratorio de mi cuaderno aprendí el método científico), el de matemáticas (quien me enseñó la ecuación lineal y el cálculo).

Quizá lo único que puse de mi parte fue una buena disposición y curiosidad, ser un lector voraz, un deseo de explorar. Y la suerte de tener amigos y amigas a los que también les parecía fascinante leer una nueva novela, escuchar música clásica con la misma pasión que oír rock nacional, o tomar unas cervezas y unos tacos. Éramos unos cuantos desadaptados, pero éramos suficientes para no sentirnos solos. Solíamos ir al Pollo Loco, pues nos invitaba mi entrañable amigo César, cuyo tío era el dueño, para discutir de política o interminables charlas sobre las virtudes y defectos de la última película.

Una experiencia que marcó de manera decisiva la manera como nos criaron mis padres a mí y a todos mis hermanos fue vivir en Tijuana por dos años. En ese tiempo mis progenitores se expusieron a una vida binacional, con las peculiaridades de la frontera de entonces, altamente permeable y en realidad no muy peligrosa. Mi papá trabajaba en las obras de canalización del Río Tijuana. Esa fue la primera vez que en realidad entendí algo sobre la pobreza extrema, cuando mi papá nos explicaba que Cartolandia era una comunidad de asentamientos irregulares en el cauce del rio, que eran arrasados por las aguas cada vez que había una creciente. Creo que apenas tenía 7 años. También en esos años cobré conciencia de las enormes diferencias culturales de nuestra comida y nuestra forma de vida familiar respecto a los americanos. Es imposible no darse cuenta del poder de “La Línea’’.

Cartolandia en el cauce del Rio Tijuana

Y fue entonces cuando mi mamá se volvió feminista. Sus horizontes se abrieron infinitamente cuando descubrió a Gloria Steinem, la revista Ms., decidió aprender inglés. Nos dejó una marca indeleble, al educarnos, sobre todo a sus hijos varones, en una manera distinta de los cánones de la época.

Maravilla

El momento específico de la devaluación de 1982, tal vez porque yo era un sólido clasemediero, lo viví como una crisis, pero no una catástrofe. A diferencia de mis compañeros de escuela, que eran más ricos y quizá conectados con los banqueros y los empresarios, nunca la entendí como una crisis provocada por el populismo o una izquierda fallida. Para mi fue más bien la primera vez que entendí que el PRI era un partido de Estado, autoritario, y que la Revolución había fallado en sus promesas, como nos explicó Adolfo Gilly. Yo no viajaba a Estados Unidos, ni compraba ropa en San Antonio o Houston. El impacto de la devaluación me fue en realidad un poco más nebuloso — a diferencia de como lo sintieron quizá algunos de mis compañeros en la escuela privada, altamente elitista, en la que estaba becado, que ya no podrían ir a Paris o a esquiar en Vail.

Adolfo Gilly, La Revolución Interrumpida, Ediciones Era, 1972.

Recuerdo claramente a mi mamá haciendo cuentas el fin de semana, hasta el último peso y centavo, porque el gasto apenas le alcanzaba. Después de vivir siempre en lugares rentados, habían finalmente comprado una casa. Pero era un poco más cara comparada con el departamento o condominio horizontal que originalmente planeaban adquirir. Las “letras” de cada mes eran apenas pagables. Recuerdo que en esos años en México había desabasto de azúcar, leche, incluso a veces de tortillas. Y sin embargo, mis padres se aseguraron de que mis hermanas, mi hermano y yo asistiéramos a las mejores escuelas privadas que México ofrecía. Su prioridad siempre fue la educación.

Mi movilidad social fue producto de la formación de capital humano, pero se inició en realidad con la de mi papá, que logró salir de su pueblo en Jalisco, estudiar en Guadalajara desde la Prepa, y terminar yendo a trabajar a la Capital, como tantos profesionistas universitarios a inicio de los sesenta. Mi mamá venía de una familia de comerciantes, probablemente tan provinciana como la de mi papá, pero en la cual había un fuerte sentido de merecimiento, o por lo menos de que las tres hermanas podían aspirar a una vida más acomodada. La familia podía reconstruir su linaje a una migración reciente de Galicia, por lo que a mi mamá no le causaba ninguna gracia cuando se contaban chistes de gallegos. En casa de mi mamá todas las hermanas aprendieron a tocar el piano y el fin de semana comían productos de latería importados de España. Siempre pensé que esa rama de mi árbol genealógico era fundamentalmente española, hasta que me hice analizar mi genoma: descubrí que en mi mitocondria, es decir en el linaje materno, mi bisabuela era una indígena de Aridoamérica.

Mis resultados de Genographic 2.0 DNA Ancestry

Algo que quizá explica en buena medida mi futura evolución intelectual es que mi mamá fue una niña curiosísima, una intelectual que leía todo lo que quedaba a su alcance dentro de los límites de la provincia de ese entonces. En su casa siempre hubo libros, y mi abuelo leía el semanario Siempre!, uno de los principales espacios de pensamiento crítico de la época. Mi papá seguramente era también un buen lector (continúa siéndolo hoy), pero tengo la impresión de que la impronta de querer aprender sobre los clásicos de literatura griega y romana empezó en mi caso por mi mamá. Recuerdo las tardes calurosas de la casa de mi abuela materna en Culiacán, leyendo una colección de obras clásicas que mi mamá seguramente también leyó. Se podría decir que mi mamá era una persona ambiciosa, o por lo menos que tenía la aspiración por algo mejor que la vida de una ciudad aburrida y calurosa en el Norte de México. Mi papá quizá expresaba su ambición en una forma más silenciosa, avanzando primero en sus estudios universitarios y ascendiendo poco a poco en su vida profesional.

El Quijote en la portada de Siempre! de Abel Quezada en 1984

Un hecho sobre mi papá es que toda su vida fue, como yo, profesor universitario. Por décadas el sólo fue profesor de asignatura, por lo que enseñaba sus clases muy temprano en la mañana. Recuerdo como salía de casa en la madrugada, para poder llegar a su oficina de ingeniero civil antes de las 9, después de su clase. Dicen que nunca faltó a una clase. Aunque lo veíamos en la comida, trabajaba muy duro: siempre llegaba a casa muy tarde a decirnos buenas noches, casi a las 9. Su verdadera vocación no fue, creo yo, trabajar en una empresa constructora, sino resultó que su aspiración era la misma que la mía, ser profesor.

En su madurez mi papá dejó su trabajo en el sector privado, y antes de su retiro se volvió profesor de tiempo completo en el programa de posgrado de la UNAM. Creo que esos fueron sus años profesionales de máxima satisfacción. Como no tenía un título de maestría, pero enseñaba en un programa de posgrado, decidió más o menos mi edad actual -o poco después, no lo recuerdo con precisión (yo acabo de cumplir 56 hoy)- volver a estudiar, obteniendo eventualmente su grado de Maestro en Ingeniería. Me comenta mi papá que todavía hoy en su retiro no ha logrado escaparse del todo de su vida universitaria, pues continúa asesorando tesis. Ser profesor es una vocación de vida.

La prioridad educativa siempre estuvo presente en la casa familiar, como el valor fundamental y lo que se esperaban de mí, de mi hermano, y de mis dos hermanas. Todos fuimos muy buenos en la escuela. No es quizá sorprendente, por lo tanto, que todos tengamos posgrados, doctorados y maestrías. Para mi mamá, las oportunidades educativas le fueron esquivas. Su abuelo autoritario y las premisas machistas de la provincia durante su adolescencia le vedaron esa posibilidad. Apenas alcanzó a estudiar una carrera comercial, no obstante que las monjas del internado en que estudió en Guadalajara le insistían a su familia que esa niña tenía un futuro promisorio como universitaria.

Ya cuando crecimos, y seguramente requeríamos menos cuidados, mi mamá sacó su certificado de maestra de inglés, y también su preparatoria, aunque nunca logró su sueño de obtener un título universitario. Pero se convirtió en agente de viajes, y viajó por todo el mundo, conociendo los lugares que añoraba desde sus lecturas de niña. Hoy en su retiro se dedica a tomar cursos de historia, cultura y literatura. Ella es verdaderamente una aprendiz permanente (a lifelong learner), como dicen en la escuela primaria donde estudiaron mis hijos.

Años después me marcó, por supuesto, y de manera decisiva, ganar una beca para estudiar el Bachillerato Internacional en Italia. La oportunidad que ofrece United World Colleges es de verdad envidiable: encontrarse con jóvenes igualmente inquietos como uno, de todo el mundo, en un entorno de libertad y sin mayor límite pare el aprendizaje que lo que uno es capaz de hacer. En esos años viaje por Europa del Este antes de la caída del Muro, conociendo bien Yugoslavia, Polonia, Hungría y Checoslovaquia. Aprendí historia de Europa y me adentré en los procesos polarizados de la política italiana del momento del sorpasso. Me voluntarié para trabajar en un bosque en Checoslovaquia (el país artificial que todavía existía entonces) y en un santuario de monos en Cornwallis. Descubrí a Karl Popper, lo que cambió radicalmente mi perspectiva sobre el marxismo, pero también entendí Gramsci y a la socialdemocracia. Y tengo a los más caros amigos y amigas.

Regresando a México de Europa, el temblor de 1985 fue un evento fundamental, el despertar de tantos jóvenes que sabíamos que el emperador (o sea, el PRI) se paseaba por las calles desnudo. Vino luego el activismo en las calles, que culminó en lo que fue nuestra transición fallida a la democracia en 1988. Mi generación fracasó en su proyecto político. Antes que nada éramos jóvenes que peleábamos contra el autoritarismo y por la justicia social.

Sociedad civil movilizada después del temblor de 1985 en la Ciudad de México

Fracasamos en dos sentidos: no logramos una transición en el momento que quizá hubiera sido el más propicio, con Cuauhtémoc Cárdenas como un líder moral y moderado, perdiéndose una primera década de cambio político. Y luego, cuando la transición se alcanzó en 2000, no logramos transformar la estructuras anquilosadas del país, de manera que nunca se crearan nuevas oportunidades (como las que mi papá tuvo en los años sesenta), perdiéndose en el camino dos décadas más. Yo acabe de migrante, después de estudiar mi doctorado en Estados Unidos, desarrollando una vida profesional exitosa en el otro lado, siempre añorando México: un migrante renuente.

Madurez

Se dice que un fruto está maduro cuando ya está listo para comer. Yo fuí en muchos sentidos un niño precoz, aunque no prodigioso. Hoy soy un académico maduro. Nunca sufrí la sensación de estar viviendo o haciendo cosas que no correspondían con mi edad. Pero reconozco que de joven viví con prisa — por terminar mi licenciatura en economía, por irme a mi doctorado, por trabajar desde muy temprano en mi carrera, por casarme, escribir y publicar desde relativamente temprano, obtener el dichoso “tenure”. Pero ahora ya no tengo prisa, soy un intelectual con tiempo. En mi opinión lo que escribo y pienso ahora es más suculento y dulce, menos ácido, que lo que escribía hace 10 o 20 años. Aunque quizá la obra publicada del pasado es la única que perdure.

En un ámbito más íntimo, confieso que mi vida en Estados Unidos fue sazonándose a fuego lento. Tuvimos hijos años después de casados. He escrito libros con largos interludios, tiempo para pensarlos y desarrollarlos. Soy, para bien o para mal, lo que se conoce como un “profesor lento”, de esos en peligro de extinción. No se si durará mucho la posibilidad de desarrollarse en una academia que acepte a profesores como yo, o continúe la tendencia, quizá inexorable, a que el trabajo intelectual de ciencias sociales se parezca cada vez más a una fábrica con métricas de productividad que se mide por los artículos publicados en revistas dictaminadas especializadas que pocos leen. Estas revistas son esenciales para el avance de la ciencia y de las carreras de los jóvenes profesores, pero no esto seguro si para el avance de la vocación por enseñar, aprender y pensar.

Mis mayores satisfacciones hoy provienen de ser testigo de cómo mis hijos maravillosos se han convertido en adultos jóvenes, generosos, amorosos y responsables. Tengo la gracia de una familia hermosa. Aunque ha habido contratiempos y retos, fundamentalmente todos gozamos de buena salud. Y mi movilidad social me ha dado un alto grado de seguridad financiera. Esto no lo merezco, se ha dado, por Fortuna más que Virtú, como diría Maquiavelo.

Fuente: http://special.lib.gla.ac.uk/exhibns/chaucer/influences.html De una edición de Boccaccio “De Casibus Virorum Illustrium” (Paris, 1467) MSS Hunter 371–372 (V.1.8–9). Image (vol. 1: folio 1r)

Continúa mi fascinación por todo lo que puedo leer y entender, como hace décadas, no importa en qué ámbito: la ciencia, las humanidades, la historia, y por supuesto las ciencias sociales, donde está mi matriz disciplinaria. Homo sum, humani nihil a me alienum puto en la famosa cita clásica — que por cierto no tiene nada que ver con los prejuicios de doble sentido que se pueden imaginar. O como lo pronunció Unamuno, nullum hominem a me alienum puto que significa que no estimo como extraños a ninguna mujer u hombre. Los productos maravillosos de sus poderosas mentes y sus espíritus libres. El género humano, no la humanidad en abstracto, sigue siendo mi inspiración, sobre todo plasmada en la letra escrita, también en las imágenes y últimamente también en mapas, que son mi obsesión más reciente. Y en el día a día, cuando miro a tantas personas a mi alrededor, buscando sus prodigios y sus maravillas, no me son extraños. Para mi presenciarlo es como recordar mis propias memorias, ya ahora sin mayores consecuencias.

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Mexicano orgulloso, migrante renuente. Economista ITAM y Politólogo Duke. Senior Fellow en CDDRL y Director Centro Estudios Latinoamericanos Stanford University

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Alberto Diaz-Cayeros

Alberto Diaz-Cayeros

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Mexicano orgulloso, migrante renuente. Economista ITAM y Politólogo Duke. Senior Fellow en CDDRL y Director Centro Estudios Latinoamericanos Stanford University