“Lamentable”. “Que merece compasión o lástima.” El sentido original de la palabra deporable viene de la raíz proto-indoeuropea ploro que significa llorar. Con esta frase lapidaria Hillary Clinton se refirió a los seguidores de Donald Trump en su fallida campaña electoral de hace cuatro años. No sólo estaba diciendo que quien apoyara a su contrincante era una persona lamentable, pero también que muchos de los votantes que apoyaron a quien todavía es Presidente en los Estados Unidos eran víctimas, que merecían nuestra simpatía por la condición humana que los llevó a simpatizar con alguien como Trump. En la polarización que caracteriza hoy en día al sistema político norteamericano, la noche de la elección pasada el Presidente Donald Trump, haciendo uso de su limitado vocabulario, habló en su discurso con falsas acusaciones de fraude de un grupo de personas “muy tristes” — no les dijo deplorables —, quienes según el, están tratando de quitarle el voto a millones de sus seguidores. Izquierda y derecha en Estados Unidos coinciden en que el otro grupo, los que no concuerda con sus posiciones políticas, son personas para llorar. Y en realidad es cierto, todo lo que está sucediendo con la democracia norteamericana, y los ciudadanos que la hacen posible, es muy triste.

Siempre me ha llamado la atención, después de más de veinte años de haber llegado como migrante, y tras haber pasado en este país casi la mitad de mi vida (y a estas alturas la mayor parte de mi vida adulta), que Estados Unidos es un país sin sentido auténtico de compasión. Lo que caracteriza a la cultura americana es más bien un sentido de rectitud moral, y una idea muy protestante de que los buenos hechos y las acciones permiten la salvación del alma, no la cura o el cuidado del otro. Es un cliche, pero de alguna manera cierto, que ese rudo individualismo del hombre de la frontera, esa frontera en la planicie, territorio arrebatado por actos de violencia a sus dueños originarios, de vaqueros con botas, pistola y chaleco, sigue siendo la manera como la mitad de los Americanos se ven a si mismos. Estos estereotipos están bien representados por John Wayne, Clint Eastwood o Ronald Reagan. Donald Trump agrega una dimensión adicional con su aspecto de “gringo feo”, pues no tiene ni una pizca de la gracia de esos actores de la pantalla grande. Trump es más bien un americano obeso e ignorante -pero con preciados dólares-, paseándose con prepotencia por los callejones de Venecia, el lago Atitlán o las pirámides de Teotihuacán.

El problema fundamental, que no se resuelve con la determinación jurídica que establecerá que la fórmula Biden/Harris ganó la elección presidencial en Estados Unidos, es que para buena parte de los ciudadanos americanos que votaron, o sea unos 70 millones de personas, sigue siendo atractivo apoyar a un hombre que representa misoginia, intolerancia y xenofobia. Un hombre que le gusta “agarrarlas por el coño” y quien al mismo tiempo acusa a los migrantes mexicanos de ser narcotraficantes, criminales y violadores. Valdría la pena recordarle a los estadounidenses del grito que unió a tantas mujeres latinoamericanos antes de que su movimiento de reivindiación fuera parado en seco por la pandemia: “El violador eres tú”. “El estado opresor” -por lo menos hasta el veinte de enero en estos Estados Unidos- “es un macho violador”. Para casi la mitad de las personas de mi país adoptivo, incluyendo a millones de mujeres, latinos e hispanos, la realidad de ese hombre sórdido en el poder no parece serles algo profundamente perturbador. Me hace llorar.

En toda América Latina hemos tenido nuestra buena dosis de populistas y caudillos, líderes sin escrúpulos, presidentes ladrones y matones. También hemos experimentado con sociedades profundamente divididas no sólo por ideologías sin por la abismal exclusion de grandes grupos de la sociedad, sobre todo de los herederos de los pueblos indígenas, así como los negros traídos al Nuevo Mundo contra su voluntad. Y el machismo parece un atributo intrínseco a la cultura de muchos de nuestros países. Y sin embargo, nuestros sistemas políticos, con contadas excepciones, han logrado reconocer en diferentes momentos que la aspiración fundamental compartida es por una democracia en sociedades abiertas y más solidarias y justas. Hay diferentes visiones sobre como lograrlo, con quienes creen más en el mercado y los que ponen mayor fe en la capacidad del Estado. Pero en general esta es una época de optimismo para nuestra región. los Latinoamericanos compartimos, salvo algunas excepciones, una idea cada vez más generalizada de que la democracia es la forma de gobierno más superior a sus alternativas. Creemos que le toca al Estado jugar un papel fundamental en salvar y proteger la vida de las personas, sobre todo frente a la emergencia sanitaria. Y sobre todo tenemos un profundo sentido de solidaridad y simpatía por el otro.

Esto puede ser una herencia de valores religiosos que han permeado a nuestras sociedades, como las nociones de caridad cristiana o porque en diferentes momentos de la vida política de nuestros países hemos experimentado verdadersos gobiernos de izquierda que han dejado legados redistributivos y creencias entre al población que el Estado y un buen gobierno puede hacer una diferencia positiva en la vida de las personas. La distinción es sutíl, pues en realidad hay que reconocer que para muchos estadounidenses la idea de que el destino de las personas, su suerte en la vida, puede ser algo fuera de su control y agencia, les es bastante ajeno.

Concluyo sin embargo recordando que la etimologia de deplorable se refiere también al llanto como un fluir, una corriente, como la de un rio. En el sentido mismo del latín pluvius, la lluvia que todo puede limpiar en su curso. El mismo origen etimológico de los americanos deplorables nos debe recordar que el cambio social es a veces como un río que corre al principio como un frágil brote en la tierra de apenas un poco de agua cristalina que se cuela después de la lluvia y se vuelve eventualmente un torrente desbordado. En las palabras del discurso más famoso de Martin Luther King, podremos descansar cuando “la justicia brote como agua y la virtud como una corriente impetuosa”. Estados Unidos está hoy lejos de esa aspiración que hace 50 años. Pero al mismo tiempo hay algunos signos esperanzadores en movimientos como el de Black Lives Matter y los nuevos liderazgos de mujeres latinas, americanos nativos de las tribus originarias, y por supuesto negros y minorías sexuales que han logrado alcanzar posiciones de poder y gradualmente han cambiado la política de este país. Esto es causa de un fundado optimismo y esperanza.

Mexicano orgulloso, migrante renuente. Economista ITAM y Politólogo Duke. Senior Fellow en CDDRL y Director Centro Estudios Latinoamericanos Stanford University

Mexicano orgulloso, migrante renuente. Economista ITAM y Politólogo Duke. Senior Fellow en CDDRL y Director Centro Estudios Latinoamericanos Stanford University